Creo que podemos considerar esta igualdad como un axioma de cualquier civilización y de la balanza de poderes entre civilizaciones cohetáneas. Una balanza que se inclina a uno u otro lado por cuestiones de
supremacía y/o dependencia tecnológica. Eso está ocurriendo hoy más que en ninguna época con tecnologías tan básicas como las alimentarias y con otras tan sofisticadas y potencialmente emancipadoras o controladoras como La RED y el software.
Pero la tecnología debe ser ampliamente entendida, no solo el silicio o la genética son tecnológicas sobre las que debemos garantizar el acceso, control y alfabetización. Otro tipo de tecnicas mucho más sutiles e inherentes a nuestro ser, que requieren de unos sistema de medida y desarrollo más precisos si cabe que el último nanorobot, debido a su complejidad e importancia capital.
Hablo de las tecnologías sociales.
Si buscamos en Google, o en la wikipedia, nos aparecen ingentes cantidades de información sobre el fomento de la tecnología con un fin social. Es decir, se considera tecnología social que desarrolle un motor y se ponga a disposición de la ciudadanía gratuitamente (tecnología social pura), o tras el pago de una cantidad estipulada (tecnología social imperial)
Ninguna de estas casuísticas responden al caso sobre el que pretendo llamar la atención en este post.
Estoy tratando de resaltar la importancia de las herramientas de que cada grupo social, cada cultura dispone para fomentar la interrelación, organización y entendimiento. Tecnologías, desde mi punto de vista, no valoradas ni dominadas globalmente.
Casos como Villa el Salvador, los programas de desarrollo integral del casco histórico de La Habana, las prácticas de acompañamiento y seguimiento de Foncrei, y otros programas de desarrollo integral donde la tecnología “social” se torna una herramienta más junto con otro tipo de tecnologías, despiertan mi interés porque están hablando de esperanza, de verdadera intención de renovación y construcción de hábitat social.
Actualmente están surgiendo a nivel global, simultáneamente en partes muy diferentes del mundo, prácticas y “modus operandi” similares. Gracias a nuestra nueva concepción del mundo-red surgen proyectos, tecnologías, formas de organización donde lo importante es compartir y construir en común y conjuntamente con la vocación de que otros reutilicen y aporten en busca de un fin común.
Contemplo como esta visión, quizás utópica, se materializa cada día en diferentes propuestas y proyectos. Unos me afectan de manera personal y pueden llegar a estar marcados por cierta segregación por lo que no puedo generalizar ciertos sentimientos. Otros, en cambio, sobre todo algunos de los que han formado parte del ciclo de Aula Americana tales como, Villa el Salvador, Medellín, Curitiba, las palabras de algunos de los ponentes, los zapatistas, otras experiencias personales, muestran claramente el poder de esas tecnologías “sociales”.
Parece que América Latina, al igual que durante el movimiento moderno, se muestra como un gran tablero de experimentación y consecución de objetivos que en Europa no pasan de un plano teórico, en este caso sobrepasando las cuestiones meramente formales de la mentalidad funcionalista para aprovechar, construir y esperdo y deseo que pronto exportar la riqueza de su tecnología social.
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